jueves, 20 de julio de 2017

El Club de los Poetas Drogados

Ya no sé bien ni como fue, o quizás quedó en un vago recuerdo.

No lo entendía bien, era de otra nacionalidad, y estaba desparramada por el piso mi cuerpo, y empecé a contar números para despistarme, para darme cuenta de que estaba un poco drogada.
Yo estaba cerca de mi hogar en ese momento, él no tanto, creo. Del hogar del alma, de sentirte anhelado en alguna parte del planeta. Yo en cambio, me sentía en mi hogar natal, en el que creo que me llevo dentro, sabiendo quienes me aman, como yo a ellos, en esa conexión que si es posible es de forma brutal y recíproca.

Yo no entendía bien de que hablaba, hablaba un mal ingles y aunque notaba el esfuerzo me cansaba intentar captar lo que decía. Realmente era una noche especial y bastante singular a las que llevaba mi espontanea vida.
Un chico se paró a mirarnos en la habitación y dibujó una sonrisa en su cara, como si supiera algo que nosotros no entendemos.
Yo lo observaba cada tanto al extranjero, observaba detalladamente sus gestos, el movimiento de sus facciones como si estuviera contestandome a algo o simplemente era parte de su efecto, ese efecto que me hacia pensar en alguien que estaba en paz, pero como si fuera un niño. Un niño risueño lleno de paz directo a volcarle al mundo todos sus sueños, como si no bastara con esa singularidad que tenia para hacerte creer que ademas de un niño, era un sabio.

No recuerdo bien bajo los efectos de cuanto THC estaba, pero esa noche no volví a ser la misma.

En algún punto exacto de ese momento en el que estábamos ahí, sentía como si fuera un encuentro, una reunión entre dos, como si no fuera necesario las cortesías y todo se resumiera a entender que simplemente todo estaba bien.
Destapó una botella de ron, y luego se empezó a insinuar sobre mi, intentando un encuentro cercano de nuestros cuerpos, y en el momento en que dejó la copa en el suelo empezó a palparme, a tocarme lenta y cautelosamente, como si no fuera la primera vez que entendía mi cuerpo, en la osadía de conocerme sin saberlo, de besarme cuidadosamente las manos, rebozando sobre sus labios sobre mi piel.
Era encantador la forma en la que me hizo sentir su cuerpo cerca mio, sus pensamientos mas íntimos, su lengua entremeciendome en un atardecer de otoño, cuando las hojas caen para volver a renacer, en un crepúsculo que no ya fue, y ahora el amanecer surge para contarme otra historia con un viejo amor.

No es necesario insinuar que nuestros encuentros fueron luego, en cantidades cada vez mayores, como si el placer de sentirnos cerca fuera adictivo. Continuamos nuestros planes de seguir viajando, pero de encontrarnos siempre en algún lugar y volver a residir juntos, razón por la que me estoy yendo por un mes a casa de mis padres a verlos, y volver a la casa que estamos alquilando por un tiempo en esta ciudad hermosa que nos esta contando cosas que nunca vivimos y sentimos, pero ahora todos los días es una historia nueva antes del café de la mañana, y luego podemos irnos tranquilos, sabiéndonos íntimos, cómplices.

Miro el tren llegar a la estación de trenes, y si algo que comencé a sentir junto al sonido del tren es que alguien nuevo se convertía en mi confidencia externa vital, era que ahora el era parte de mi hogar natal.

miércoles, 19 de julio de 2017

Día miércoles

Me parece que lo más importante son las percepciones.

Digo, sí al momento lo armo y/o lo genero yo, entonces tengo la total responsabilidad de como lo vivo y lo sigo, lo desarrollo y lo armo.
Puedo estar teniendo problemas menores, o problemas mayores, o estar en un momento de mi vida calmo, o con revuelos de tantas cosas que van y vienen y tantas que se quedan, para siempre.
Pero el ojo con el que las miro, y las palabras y acciones con las cuales afirmo como tal situación está volcándose en mi vida depende plenamente de mi, no solo por la responsabilidad que tiene mi existencia sobre mis brazos, si no porque también soy la primer testigo certificada de todo lo que vivo, viví y estoy viviendo.
Y no me parece menos importante decir que el respeto que tengo por mi vida, mis tiempos, y mi intimidad conmigo misma es algo a lo que me reservo el derecho de admisión a cualquiera que no sea yo, sumando también a mis pies, mis manos y todas las partes de mi cuerpo que hayan sentido de una u otra manera las situaciones, los abrazos, los besos, los gritos, las risas y los llantos, en este pasar por la senda en la que elijo querer y respetarme, a mi y a los otros, con la grandeza del momento, con la visión necesaria para aprender a ver, tanto uno solo, como acompañado. Con la conciencia tranquila, con muchas dudas pero muchos trucos para contestarlas, y con la tranquilidad necesaria para hacer feliz a los otros y a uno mismo.

Cuentito

Hace dos horas me dolía de forma intensa la muela. Probaba bocado y se me partía de dolor, por que en una de esas ahora ando en salado tratamiento dental por el estado de mi dentadura que no es nada envidiable ni atractivo. Crucé hasta la farmacia que está a dos aptos de mi casa y le pedí un analgesico para aliviar el dolor al menos una hrs hasta que vaya al dentista de emergencia, con cautela y un poco de miedito a tener que tomar pastillas como Perifar y Noveminas, analgesicos que no me gustan en mi cuerpo porque ya tengo bien claro las sustancias que sí prefiero.

A todo eso se basó en los 40 pesos con los que fui como presupuesto, que claro, un analgesico sale 100 en adelante y es por blister. Me terminó dando una especie de novemina de los años 90 que tomaba la cuarentona que estaba atrás de mi cuando tenía 20 años, que se metió en mi compra y me comentó que  su amigo el farmaceutico me iba a dar una pastilla que ni a un niño lo deja tarado.

Le dije "no me des nada que me dope y me deje pelotuda", a lo que me miró con una cara perspicaz y me dijo "nena, si te voy a vender algo que te dope te lo vendo más caro ;)"

*carita de drogón*

jueves, 22 de junio de 2017

Los tiempos de la memoria.

Tengo que confesartelo: una noche me olvidé de vos.

No sé si fue tan brusco como lo transcribo, pero una noche el cielo alumbraba mi percepción, y la ciudad me entendía porque yo la llenaba, la poblaba y la hacía mejor, como ella a mi.

Una noche iba en el taxi con mis colegas y la luz de los balcones me completó, las calles parecían amigas y la gente daba bienvenidas. Esa noche me olvidé de tu cielo y de tu cuerpo, de la luz de tu ciudad y de tus almohadas.

El vacío de mi presente se colmaba de luz, de gente, de bienestar y Dicha, de fuego y de alma, y quizás un poco de carne, y mi anhelo se apagaba porque no me faltaba entender, porque podía sentirme e incluirme, reconciliarme.

Quizás es injusto, pero tu comprensión me aniquiló, porque no pudo estar, no pudo alcanzar el lugar más pequeño de mi sentir, ni ayudarme a levantar las migas de pan que quedaban en el piso.

Me extendió la mano esta ciudad y la reconocí nueva y más joven, porque me habia peleado con la idea de poseerla, de que me tuviera dentro suyo, de que encontraba firme o vulnerable, de no estar estando. Pero en esa noche me fundió en ella, y no pude escapar de la idea de comunión con las cosas, con mis cosas al fín y al cabo.

Te esfumaste, no apareciste a despertarme, a besarme y a viajarme, a recorrerme. No llegamos a tiempo, o quizás fue el momento indicado pero no comprendimos. No vamos a estar.

O sí?

La mente y el tiempo

No pensar más. No pensar más. No pensar m á s.

No buscar más, ni tampoco buscarme. No buscarme más.

No verme más, no sentirme, no olerme, no intuirme, no acecharme, no perseguirme ni tenerme. No consolarme más.

No encontrarme más en los otros, no leerme, no acariciarme, no torturarme pensando en pasados lejanos ni cercanos. No pensar en 2012 ni en 2015. No pensar en mi pasado, no pensar en mis viejos, no pensar en mis abuelos, no pensarme en el futuro, no sustiturme en el presente, no verme en abreviaturas de diario, no verme en tus ojos, no encontrarte en los otros.

No burlarme de mi ni de otros, no crecer ni volverme ínfima más. No tildar, no hablar, no aborrecer ni aborrecerme, no reir, no buscar ni encontrar. No gruñir, no lastimarme más, no castigar, y ni siquiera comprender más.

No entenderme, no mirarme a través de nadie, no incluirme, no discriminarme más. No sentir tu piel en la mía, no entenderlos, no entenderte. No tocarme, no alabarme, no odiarme, no mutilarme con pensamientos, no golpearme, no verme en los espejos más. No observarme en cámaras, no fotografiarme más, ni que vos me veas como me hubiera gustado que me vean otros. No acosarme, ni fingirme, no menospreciarme ni desentenderme.

No escapar, más, no llorar en los bares, no querer hundirme más, no temblar, no gritar m á s.
No entender más, ni que me entiendan, no pensar más, no figurar más, no ser más. No estar.


- Esto es fragmento de una plana que me hubiera gustado llenar en la planilla perteneciente a la psicóloga del liceo en 2014 cuando me encontraba en Sexto Grado. - Así que aquí quedan más cosas por decir.

domingo, 18 de junio de 2017

Los fósforos del pasado.

La otra vez, encontré en unos estantes una cajita de fósforos, escondidas entre la tristeza y oscuridad de ese altillo que puebla las alturas de mi casa, allá donde el sol no quiere llegar ni yo investigar que va quedando ahí del pasado. El domingo fue la excepción, estaba con mi familia, mi esposa e hijos y decidí visitar el altillo, supuse que quería pensar ahí, pero la curiosidad por ver las reliquias de mi madre le ganaron a la paz de simplemente contemplar esa zona vedada de mi casa.

Desparramé los fosforitos en una mesa llena de polvo, y empecé a armar a un individuo. Le adjudiqué piernitas firmes, corté fósforos a la mitad y formé sus pies, le puse manos y facciones, quería diseñarme en otra materia, y la de hacerlo con las maderitas de un fósforo se me hacía bastante simpático.
Estuve horas y días formándome en el altillo, sentado en el piso encima de una colcha que usaba mi madre para abrigarme los días de frío en la casa del campo, cuando sus abrazos y el resplandor del fuego de la estufa me cuidaban del mundo, y podía disfrutar de la Dicha en paz de las cosas que están bien, que (por suerte) en mi memoria van a estar siempre bien.

Pasó mucho tiempo para que volviera a bajar a disfrutar el domingo con mi familia, pasaron meses y épocas, y cada día mi individuo idéntico a mi persona cobraba más vida, más personalidad y una singularidad que (suponía) a mi me definía.
Ya no tenía tiempo para nadie, ni para elementos externos que pudieran conmoverme, tanto de mi seres queridos como de mis días en la casa de la playa con ellos, necesitaba dedicar todo el tiempo posible a crearme perfecto, tal como me veía en el espejo cada mañana antes de ingresar en el altillo.
Había una cuestión insaciable por continuar, por seguir diseñandome, solucionando enigmas de mi persona, tanto física como mental, de como me veía el resto y como me veía yo. Descubría actitudes mías a medida que me observaba,  me maravillaba descubrirme y plasmarlo a través de la caja con cientos de fosforitos. Definitivamente había descubierto algo que no podía parar de hacerlo y me llenaba, me hacía sentir seguro.

No sé a que hora de la tarde fue, si es que fue la tarde (ya no tenía una noción correcta de la hora) comencé a darme cuenta de mi error: de tanto tiempo que dediqué a mirarme a mi mismo y a medirme tanto, me olvidé de ver a los demás, de entenderlos y obsérvalos, de descubrirlos a ellos. No estoy hablando de una cuestión puramente superficial de sentirme el ombligo del mundo y creerme importante, si no del hecho tan básico de adentrarse tanto en el abismo de lo que uno hace y es, para olvidarme de que los demás tan bien son un abismo, y si son buenos pozos en los que asomar, no está tan mal despojarse un rato de uno, dejar de ametrallar el cerebro con ideas y vivirse a través de los demás.

Pasaron meses para recepcionar mi propia reflexión, pero cuando lo hice, ya no era domingo, y mis hijos ya eran grandes y habían entendido sus propias verdades, en tanto mi esposa, enigmática como ninguna, me estaba esperando con una sonrisa perspicaz en uno de los sofás del living, con esa actitud magnifica solo capaz de ella de entender tantas cosas y comprenderlas, y mirarme fijo y convencerme de que ella entendió todo el tiempo que estuve en el altillo, que su mente procesaba los minutos y los días, y no importaba, porque siempre hay algo más elevado detrás de cada pared con tantas preguntas, y a veces es cuestión de perspectiva. De simplemente pararse de un lado del firmamento y ver las cosas con pensamiento lateral, y dejar de correr por caminos arrinconados buscando preguntas sin respuesta.

domingo, 4 de junio de 2017

Empecé a maullarle al gato y me miró con cara de "no seas tan boluda, por favor".


Cuando Anita era un bebé quiso ver el cielo. Me acuerdo de sus ojos como dos cristales viendo lo mismo que podía ver yo. No la iba a juzgar, era un espectáculo de cielo de tarde despejado, azul, ni una nube aparecía en la panorámica y mis ojos también eran dos cristales.
Recuerdo exacto en que la niña quiso ver el cielo, y puedo recordar perfectamente mi llanto cuando entendí de que se trataba, de que iba el cuento de poder ver el cielo, especialmente en un patio de primer piso con otros dos más arriba, en donde el firmamento era una cárcel, pequeña, de tubos grises y paredes despintadas, y la emoción justo ahí, deseándose, mirándote con ojos desnudos, esperando que la conquistaras.
La llevé a la azotea, y que viera lo injusto de algunas existencias tanto temporales como eternas, y puedo asegurar que nunca voy a estar en su lugar, nunca voy a llorar como ella, aunque lo intente, solo puedo poblarme acá con mis lágrimas, desde este lado del espacio físico, inmaculada yo e inmaculada ella, tan próxima y tan abismal de mi como yo de ella.
Su hermano no colapsó tanto con el deseo de estar ahí, no se percató tampoco del descontento de su hermana de que existía tal semejanza a la felicidad como un cielo de otoño, despejado y tan poblado de Dicha, pero puedo asegurar que podía entenderla; que la conocía, y que en la observación mínima de su hermana, él entendía los sentimientos más profundos de ella, de sus procesos, de sus actitudes y de su accionar.
Debe ser básicamente una de las leyes de las relaciones interpersonales con El Otro, de esa proximidad bastante lejana en la que soy yo con vos pero no puedo irme (de mi), ni tampoco puedo quedarme tanto a tu lado, y vivo despojándome de vos, mientras me esperás cuando me voy y sabés que vuelvo a las horas. Del entendimiento de las obviedades tan poco obvias, y de las pocas veces que nos entendimos realmente, si es que no fueron siempre autenticas, porque nos miramos y pude ver que entendías, pero las miradas pueden trivializar, o capaz no, solo vos conocías ese truco.