domingo, 23 de octubre de 2016

Luz Infame Entrando Por La Ventana

Estaba sentado hace horas, hace días. En el mismo sillón, en el mismísimo sillón, pensando y relatando en mi mente los hechos continuamente, hace días y horas, y podría contabilizar los minutos de lo enfermizo que se volvió esta alienación a vos, a vos mujer.
Hace ocho horas no pruebo bocado, y estipulo que en las próximas ocho horas sucederá un desvanecimiento en mi cuerpo, en mis entrañas, porque ya no como ni vivo, me alineo con el tiempo, y me dejo llevar y ya no siento, no huelo, no toco, no pienso, no me quiero pensar.
En las próximas semanas empezaré un curso, y haré algún trámite superfluo de como van mis cosas administrativas, de como han ido, quiero decir, ese certificado de que existís en el territorio nacional, sobre el pavimento, de que sos una persona sobre la calle parada pensando; tal ejemplo de un buen certificado es un análisis de sangre anual, o una más clara, mi acta de nacimiento.
Pero cuando me pienso, te pienso, y debe ser la razón congénita de porque hace horas y días, y minutos y segundos, y centésimas y billetes, y París y Francia estoy sentado en este sillón, inventado y reinventandome a través de tu imagen en mi foto carné de la billetera que llevo en el bolsillo derecho de mi pantalón de jean azul pálido.
Ayer me dolía el alma porque vos existías, y hoy también existís, pero hoy me duele menos porque me llamaste y me contaste que estabas bien y que saliste a pasear a tu perro, ese que le decís "mejor amigo" porque no querés que yo viva contigo y te mime todas las mañanas y el perro seguro se sube a la cama y nos mea. Mentira. Yo no quiero ser tu mejor amigo, yo quiero tenerte en la foto carné de mi billetera que pongo en el bolsillo de mi pantalón jean de azul pálido, y tenerte ahí, sin tenerte, y tenerte en esa distancia inmediata que protejo, y de la que me protejo, mirándote, tocándote a tientas, sacrificándome a no tocarte.
Hay una distancia tan próxima que puedo ver el límite, puedo ver la banda de papel crepé que hice para marcarte el límite de hasta donde podés llegar. No des más pasos, el papel crepé es delicado y se rompe, y no quiero que me rompas. Puedo ver el límite de lo invisible de lo efímero, ahí cuando vos pasás la línea de las cosas, los parámetros especificados en el frente de mi casa; las reglas a seguir bajo mi techo, cuando me rompés toda la habitación y me destrozás la cama y tengo que ponerme a recoger las cosas del suelo, porque me diste vuelta la vida, y el perro este tuyo sobre la cama sigue meando.
Anoche yo estaba encerrado en un cuarto y la noche fue eterna, y no corría el segundero y no corría nadie, y todo se caía abajo pero nadie veía los escombros, porque entraste en ese cuarto, rompiste la puerta y hasta los escombros ya no valían. Rompiste el silencio, y lo apretujaste, lo amenazaste y lo arrebataste, y ahora los que estamos en ese cuarto ya no somos nada, y tampoco queremos volver a ser nadie. Porque entraste y nos sacaste el tiempo , y el silencio, y estoy corriendo en un segundero eterno.
Entraste en ese hotel de una estrella y cinco ratas negras abajo de la cama, y me pegaste y miré para el costado porque me rompiste la mitad del rostro, y tal violencia es el morbo perfecto de cualquier perverso, y la televisión se prendió y mostraba comerciales de McDonalds y vos odiabas la televisión dijiste y la rompiste a ella a la mitad, y ahora tengo hielo en la mitad del rostro por tu culpa en un cuarto en el centro de la ciudad, con cinco ratas bajo la cama en la que ahora te sentaste. Estás pensando y me ensuciaste la sábana con el sudor de tus dedos. ¡Que te va a importar la tele rota y el hielo que se hizo agua y ahora se confunde con tu sudor! ¡Que te va a importar la radio y los tipos de otras habitaciones! ¿Te importará el certificado de existencia?
Tenés las pupilas dilatadas, seguro estás viendo tu vida porque en el brillar de tu iris hay una corteza de tierra que grita anhelando ser parte del universo, pero vos no querés pertenecer, no querés ser nadie porque preferís ser todos, y ahora sos mis escombros y todos los nadies que convertiste cuando entraste por esa puerta a este cuarto.
Hace cinco o seis días que no hablamos. Yo no te hablo, viceversa va, viceversa viene.
Creo que me hace bien esto; el aire que entra por la ventana, la ventilación de la casa, el incienso de rosas barato y el jaboncito aromatizador que me regalaron hoy. Me hace bien saberme sin aprontes, despeinado, sin conjeturas, liviano y sordo. Sordo de tus mensajes.
Parece que si me estuviste escribiendo, parece que era yo el que ignoraba, pero no quiero escuchar y solo quiero estar, quiero permanecer en la liviandad de las cosas, de las tuyas y las mias cuando se conjugan.
¿Cuánto pasó desde la cachetada y el hielo fundido en mi mejilla? Seguro fueron cuatro años, y si soy más precisa, cuatro días, pero no quiero lastimarte. Solo voy a decir que fue un poco más de un tiempo, para que no notes mis cuatro años de ojeras y de estar sentado en este sillón, alienado y solo. Es violeta el color del sofá, ¿te dije? Sí. Es ridículo, la escena en la que hace ocho horas estoy sentado es ridícula, pero hace días estoy también estipulando, mirándome, observando mis libros empolvados, viendo la madera de la qe está planeada mi casa. La luz, la luz infame, que no es injusticia su resplandor. No es injusticia que mi certificado de existencia esté tan pulido, y que mi vida esté exácta en el momento medio de la Dicha. No se hace cargo el trámite burocrático de mi vivir de que vos entraras en ese cuarto y me rompieras la cara y de que andes en mi bolsillo derecho de mi fotito carné mal impresa. Es infame la luz que llega, y como toco el terciopelo de mi sillón, y me acomodo y esto es intenso. Y ahora me destino contabilizando los próximos minutos de mi soledad con vos, y con el resplandor de las cosas llanas que no buscan paredes para esconderse, de la simplicidad del momento eterno, de la posibilidad de la euforia mental, de herirse de un rasguño y no despertarse más.