sábado, 17 de diciembre de 2016

Un niño sobre la tierra

Está terminando el año y yo lloré en el baño.

Lloré mientras me duchaba, en uno de los baños de la pensión, de una forma inesperada, chocante, como una avalancha de sentir al alma, un estrellato de magia, y de la buena, por suerte.

Lloré en el baño de la pensión en la que viví por un año a 12 hs de irme, de irme porque cambio, porque trasmuto (?), porque me voy de viaje, porque me voy a España, porque me voy a ver a alguien luego de 10 años. El sentir me afloja el cuerpo, y el alma. Y la mente soporta el dolor de lo emocional, y llora de felicidad, por que la Dicha a veces duele, y la Dicha del desdichado cuando logra tenerla, cuando sabe que está siempre a su alcance escondida por ahí, pega la bofetada del presente diciéndote que el ahora es ahora, que no hubo nada, que quizás ni haya, porque lo eterno siempre es el hoy, o como dice mi querido Ceratito "siempre es hoy", como él que es a cada minuto de la misma materia de antes de llegar a este planeta.

Las lagrimas eran claras, transparentes, porque eran genuinas como su causal, y como el caudal de mi persona sobre la tierra, explotado al fin, convertido en materia sólida, imponente, indestructible, porque ya no tengo la mirada de papel. La piel de uno se vuelve gruesa. Eran claras y limpiaban los poros de mis mejillas, porque no puedo volar aún, pero ya soy ave, ahora soy víctima, y el sentir es lo íntimo, lo que pasa por el cuerpo y el alma de uno, la mente recuerda, la piel siente lo pasado, y uno se convierte en lo que es.

Lloré débil al fin, indefensa, pero contra todo. Lloré sola, en una de las duchas de la pensión, en ese territorio del baño que ocupé, que logré adueñarme con mi llanto, con mi sensibilidad a flor de piel, porque uno se estrella, y descubre el firmamento, y es hermoso poder ver luego del choque lo entrañable, lo sobresaliente de la existencia, la verdad irreparable de uno, y quizás ni en las horas más osadas de mi vida se comparen a la Dicha de saberme siendo incontenible, irrefrenable y tan profundamente débil, y a cada paso de la ruta desierta y del baño mojado por mi llanto y el agua del lluvero mi piel se engrosa.

El individuo se encuentra en un jardín, y descubre porque hay flores que no son cortadas de su raíz, y en las horas más oscuras de las noches, él puede verlas amarse con el cielo estrellado, entreteniendo sus pétalos con el encanto de los astros.